Los idiotas, un acercamiento a la estupidez como estado primigenio del sujeto

Introducción al universo de los idiotas

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Antes de escribir este trabajo, estaba muy enganchada a Friends, el fenónemo televisivo de los 90 en muchos países del mundo. Esta mítica serie propone, a través de sus seis protagonistas, un nuevo modelo de interacción entre hombres y mujeres y pone de manifiesto una nueva clase de masculinidad. Uno de sus protagonistas, Joey, cuyo rasgo más significativo es su tremenda estupidez (unida al hecho de que es el más guapo de todos), me dio para pensar mucho antes de sentarme a escribir.

En concreto, me quedé pensando en una escena. La situación es la que sigue: Chandler y Mónica preparan una cena de acción de gracias, a pesar de no tener ganas ni tiempo. Todos los demás llegan tarde a la cena y deciden en el pasillo quién será el primero en entrar y enfrentarse a los molestos anfitriones. Para hacerlo, usan el juego de “piedra, papel o tijera”. Joey, que aparentemente no conoce las reglas del juego, saca “fuego”, que destruye a todos los demás. Él piensa que el fuego es el elemento más fuerte, pero su actitud es estúpida en cuanto a que es inútil: si el resto estuviera al tanto de que hay un elemento más poderoso que el resto, lo usaría sin dudarlo. La situación crea un silencio incómodo que sigue con una risa generalizada y Phoebe, la excéntrica amiga que conecta con la personalidad de Joey por conocer su “estadio original”, juega de nuevo y usa “globo de agua”, que destruye el fuego de Joey.

Phoebe entra en la lógica del idiota para vencerlo y entra en ella desde la comprensión y la ternura, no desde la burla, la risa o la violencia. Ella quiere a Joey de manera especial porque ve en él ese niño que hace una tontería sin darse cuenta, esa especie de manifestación primigenia del yo más íntimo.

Esta escena me dio mucho que pensar. La estupidez es indefinible: solo se puede hacer a través de situaciones o de personas concretas. Y, como vemos en el trabajo, provoca dos reacciones: esta primera, reseñada, de ternura y comprensión y una segunda, más compleja, de crueldad. Ambas se encuentran reflejadas en la película de Lars von Trier Los idiotas, que analizaremos en este ensayo.

A modo de documental, la película Los idiotas cuenta la historia de un grupo de personas que viven en una casa a modo de okupas y fingen ser retrasados mentales o tener algún tipo de deficiencia. Viven juntos pretendiendo formar parte de una asociación y van a lugares normales: un restaurante, una fábrica, las piscinas públicas, ectétera, y actúan como estúpidos, lo que provoca diversas reacciones en quienes les ven: incomodidad, incomprensión, violencia, hipocresía. Una desesperación de la que habla Musil en el ensayo “Sobre la estupidez”. Algunos de ellos actúan como monitores en sus excursiones, pero eso no los excluye del grupo, sino que los integra como ese elemento importante: ellos representan la otra figura que acompaña al idiota, el sujeto comprensivo y amoroso, que arriba representa Phoebe.

En la última parte de este trabajo, se expone una reflexión en torno a la soledad del idiota, su exclusión de la sociedad, y sobre la estupidez fingida. No obstante, ninguna de las reflexiones de este trabajo logran superar la paradoja de la estupidez: el estúpido es tanto el más original como el más mezquino de los humanos.

Algunas de las ideas que se analizan en este trabajo, se encuentran espontáneamente al hacer una búsqueda en Twitter con la palabra “estupidez”. Tags: #maldad #estupidez #infinito #ternura #genialidad #locura #indivudalidad #manipulación.

Breve descripción crítica

Al comenzar el filme, vemos a una chica, Karen, un tanto sorprendida y también extrañada del mundo en el que vive. Encuentra a tres de los idiotas en un restaurante. Ella no es claramente el tipo de persona que encaje en la sociedad. Su protagonismo es fundamental: conectamos con ella enseguida, porque el espectador se encuentra, igual que ella, desorientado. Ninguno de los dos entiende realmente lo que les ocurre a los idiotas: ¿son deficientes?, ¿están fingiendo? Además, esta idea se refuerza con el hecho de que la película esté rodada a modo de documental, con una cámara de baja calidad, con muchos movimientos de plano, espontaneidad, una entrevista que se va intercalando entre escenas, etcétera.

“Era un juego”, dice una de las protagonistas en la entrevista citada, donde se les ve en una fase posterior, cuando el grupo se ha desintegrado, semanas después. Es el momento clave, porque a partir de ahí se empieza a entender que su “juego” era, como posteriormente se corrobora, poner a prueba los ideales y la moral dominante, haciendo de ello una forma de vida.

Karen debe acompañarlos a la salida del restaurante, pasa la tarde en la casa que habitan y se queda dormida la primera noche. A la mañana siguiente aparece la amante de uno de ellos, que aparantemente lo ha abandonado “porque cuando se ponía a hacer el tonto, era demasiado patético”. Patético es un término que se refiere a dos significados diferentes: por una parte, es aquello que conmueve el espíritu y, por otra, es aquello que resulta grotesco o que produce vergüenza ajena. Aquello incomprensible, que muchas veces se asocia o promueve una agresión. Patético es otra manera de llamar a alguien “estúpido”, “de conducta ajena a la norma”.

Cuando deciden ir a la piscina, una de ellas previene diciendo que si van a “hacer el idiota”, puede ser peligroso, porque se pueden hacer daño. Esta actitud encarna la preocupación y el cariño casi familiar de su modo de vida: una de las reacciones que veíamos que podía suscitar estar al lado de un idiota. Para actuar de cuidadora y evitar un accidente, Karen se une al grupo en esta excursión. Sin embargo, al llegar, Karen asevera: “no pienso ayudaros a que os burléis de la gente”. En la siguiente escena ella misma pregunta por qué lo hacen. Ella es el elemento externo, la recién llegada, como el propio espectador: espectador y protagonista se ven abocados a formar parte de la escena, a pesar de no comprenderla. Ella es la que nos da la mano y nos ayuda a entrar en el mundo de los idiotas.

“Están buscando a su idiota interior, Karen, nadie lo va a hacer por ellos. ¿Qué sentido tiene una sociedad que se enriquece más y más y no hace más feliz a nadie?”, le responde el cabecilla del grupo, Stoffer. “En la Edad de piedra, por ejemplo, todos los idiotas se morían, pero hoy en día no tiene por qué ser así”, “ser idiota es lujo pero también un paso adelante, los idiotas son la gente del futuro, si es que uno encuentra un idiota que sea precisamente su propio idiota. Como Miguel, él es un idiota feliz, porque es un hombre feliz”. Karen responde con la lógica de cualquiera que no estuviera dentro de su “juego”: “Pero hay gente que está realmente enferma, es muy duro para la gente que no puede valerse como nosotros, cómo puedes justificar hacerse el idiota, ¿puedes justificarlo? No se puede, es que me gustaría tanto, quiero comprender. Me gustaría comprender por qué estoy yo aquí”, acaba diciendo. Stoffer le responde: “Quizá porque llevas dentro a una idiota que quiere salir y tener un poco de compañía, ¿no crees?”. (soledad del idiota)

Las escenas más interesantes ocurren cuando los personajes del “mundo exterior” aparecen y entran en conflicto con los idiotas. En un momento determinado aparece el tío de Stoffer. Se producen situaciones graciosas, donde el sujeto idiotificado no casa con la situación ordinaria que asegura Stoffer, al decir que las personas que están viviendo allí son artesanos que él ha traído para adecentar la casa. Una de ellas aparece desnuda, otro, que se supone que está cuidando el jardín, está pasando el cortacésped por encima de las losas y, por último, el cristalero, que lo que está haciendo es tirar piedras a las ventanas del establo. Hay un choque de fuerzas, porque Stoffer no impide que el idiota interior de cada uno se expresa, aunque eso ponga en peligro la permanencia del grupo en la casa de su tío. Karen aparece llorando y asegurando que todos son “tan felices en ese lugar”: el objetivo último, en todo caso, es alcanzar la felicidad.

Stoffer genera un conflicto con un vecino, después de enfadarse y tirar al suelo todos los adornos de Navidad que los idiotas están vendiendo. Al hablar con el dueño de una acera privada, acaba por decirle: “A la sociedad no le interesa dar dinero a un montón de subnormales para que luego se dejen el culo en su empedrado”. El siguiente conflicto aparece con unos compradores de la casa, a los que llevan hasta la desesperación. Primero con el hecho de que “la institución de retrasados esté al lado de la casa”, cosa que en principio la mujer parece no gustarle. Stoffer le dice, falsamente, que a otras personas que han venido a ver la casa les ha importado. Luego, al ver que transigen, les asegura que los retrasados se pasan por el jardín a recoger frutos secos. Al responder la mujer diciendo que no tiene ningún problema con los disminuidos y que les parecen personas muy interesantes, Stoffer le dice que están casualmente de visita ese día y que si los quieren conocer. Al aparecer, la otra “monitora” les dice: “al principio podríamos venir solo lunes, miércoles y viernes”. La compradora pregunta con perplejidad. Y ella responde: “a estar en el jardín, les hace mucha falta el aire libre y en nuestra casa no tenemos muchos medios”.

La actitud de los idiotas con respecto a estas personas arriba citadas varía entre promover la pena (burlarse de ellos) y ser crueles, algo que aparentemente hacen de manera inocente porque tiene que ver con su condición de disminuidos. Cuando se pregunta en un corte de la entrevista si eran buenas personas, el entrevistador alude al hecho de que lo que habían creado no era algo tan inocente. ¿Cómo casar las dos ideas? Más abajo lo desarrollaremos.

En la siguiente escena toma protagonismo el tema central de la película: la falta de afecto en la sociedad, que mira con recelo y miedo a quien se sale de los parámetros considerados normales. Los idiotas reciben la visita de deficientes reales, que interactúan con ellos. Algunos llevan el encuentro de maravilla y otros se ven sobrepasados. En general, se suceden escenas tiernas, donde los idiotas les dan cariño a los deficientes reales. A Stoffer le parece un exceso y se queja de lo sentimentaloide de la situación. A uno de los idiotas lo sorprende con una cámara y le increpa: “sí, les hacemos una foto, les medimos el cráneo y luego los gaseamos”. Luego explica: “hay que ser capaz de mirar a la gente a la cara, pienso que no hay que estar riéndose siempre de los demás”. Estas frases apuntan a otro de los temas: Stoffer piensa que lo contrario de reírse de los idiotas del mundo es reírse del mundo, a pesar de que eso le convierta al final en un idiota.

Axel y Katrin, que son amantes, están enfrentados por la realidad. Él ha abandonado a su familia para irse a vivir como un idiota, mientras que ella está allí porque lo ama. En una escena, él tiene que volver a su agencia de publicidad a presentar un eslogan para un producto y ella aparece como la falsa clienta que debe comprar la idea publicitaria, que, por otra parte, es de muy mala calidad, es, digamos, una tontería. Aunque todos en la agencia parecen odiar el eslogan, a ella le encanta, y en la reunión que se lleva a cabo, intercala su entusiasmo con dosis de idiotez, que acaban sacando a Axel de sus casillas. Esta escena es muy importante, desde mi punto de vista, porque se distingue claramente del resto de “intervenciones” en sociedad. Una cosa es actuar en sociedad fingiendo ser idiota para incomodar a la gente y otra es la actitud de Katrin: sabiendo que el otro sabe que no es idiota de verdad, actúa de tal manera que consigue desesperarle.

En otra escena, Jeppe se sienta con unos fornidos con tatuajes, que van implicándose con él más y más hasta llevarlo incluso al baño y ayudarle a orinar. Lo que se genera es una situación de ternura, extraña, fuera de tono; es sobre todo una escena tierna en la que unas personas que aparentemente parecen agresivas acaban ayudando al supuesto disminuido, pero a la vez es una escena intensa, incómoda, porque hay un componente de imprevisión importante: no hay modo de saber cómo puede acabar. Se parece a una escena clásica donde un bufón aparece haciendo tonterías en el funeral del Rey. Ambos componenten: solemnidad (seriedad) y tontería crean la situación cómica.

Un miembro del distrito donde viven aparece por la casa para ofrecerles una suma de dinero a cambio de que ellos se muden a otro barrio diferente. Stoffer se lo agradece y lo acepta, pero a continuación, naturalmente, se burlan de él con las pinzas del motor del coche y el hombre acaba marchándose horrorizado mientras Stoffer le lanza piedras y llama fascista al distrito. El hombre, como el vecino con el problema de la acera, intenta arreglar la situación con dinero: quiere salir de esa situación incómoda cuanto antes, no quiere comprender al idiota. Muestra una absoluta hipocresía. A partir de este incidente, Stoffer sufre un ataque de locura y el resto decide atarlo y encerrarlo en el ático hasta que se le pase. Él los llama patéticos.

En la fiesta que le organizan a Stoffer cuando vuelve en sí, Josephine y Jeppe se acuestan. Es la primera vez y descubren el amor que sienten el uno por el otro. Al día siguiente, el padre de ella aparece y después de unos momentos muy tensos, se lleva a Josephine a casa “por su bien”. Jeppe reacciona echándose al coche en marcha. Josephine se acaba marchando y él vuelve a casa sangrando y llorando. La “locura” que muestra en esta escena es lo más real que ha hecho en toda la película: en esa situación es cuando se está pareciendo más a sí mismo.

En este punto de la película el grupo entra en conflicto. Katrin le echa en cara a Stoffer no haber evitado la marcha de Josephine y Stoffer, a su vez, les echa en cara no ser auténticos idiotas, no atreverse a volver a casa y hacer el idiota en el trabajo o con la familia. Así que coge una botella y pronuncia la siguiente sentencia: quien resulte señalado con ella, deberá irse a un lugar donde haya gente que le importe de verdad y allí hará el idiota. La botella apunta a Axel, que se ve incapaz de volver con su mujer y su hijo a hacer el idiota. Ella no lo aceptaría. Henrik es el siguiente en salir y debe volver a su trabajo: dar clases de cultura a un grupo de ancianas. Todos los idiotas asisten a la sesión. Él no consigue hacer actuar a su idiota interior y decepciona a Stoffer, así que decide no volver con el grupo.

Así, uno a uno van dejando la casa. Karen se despide de ellos y les dice que los quiere como no ha querido a nadie, salvo con una excepción. Se siente capaz de volver a casa a hacer el idiota y “demostrarles que todo esto ha valido la pena”. Susan la acompaña al día siguiente, allí descubre que hace dos semanas se celebró el funeral del hijo de Karen. Se suceden las miradas de rencor y los reproches de la familia, en los que se entrecruzan largos silencios donde se oye el tic tac del reloj. Aparece Anders, el marido de Karen, que le reprocha no haber sufrido por la muerte del hijo y no haberlo acompañado en esos momentos. Karen y Susan se sientan a la mesa con todos y Karen empieza a comer el postre como un idiota, haciendo que la tarta se le caiga de la boca y moviéndose con espasmos. Su marido no puede más y le propina un bofetón que le hace una brecha en la ceja. Sangrando, llorando y con comida y bebida corriéndole por la cara, Susan le dice que es suficiente y se van. Antes de atravesar la puerta, Susan se da la vuelta y les concede una mirada de desprecio, donde da a entender que ellos nunca amarán de verdad a la mismidad de Karen.

Análisis de la película en torno a la estupidez

La estupidez es algo “constitutivo”, nos atrae porque, como dice Erdmann, hay algo de patria originaria, de piedra única y central del ser humano y también, a través de la estupidez, se pone de manifiesto una individualidad auténtica, es original: es la alteridad en su máxima expresión. La estupidez, por tanto, se manifiesta de dos maneras: de un modo inocente (primigenio) y de un modo anónimo, falto de razón, de amplitud de miras, que puede desembocar en la falta de empatía y en la crueldad.

Los idiotas de la película de Lars von Trier intentan demostrar, con su experimento, su modo de vida, que la sociedad es un absurdo. Para ello, generan diferentes situaciones concretas, en donde chocan con individuos concretos. En contra de todo pronóstico, este mecanismo falla: ellos no hacen más que reproducir la propia estupidez reinante, en su intento de demostrar la estupidez de los otros se colocan en un lugar superior (se pasan de listos) y se burlan del resto y de ellos mismos (Stoffer). Ocurre lo que Musil denuncia en su ensayo: la vanidad los ciega. “Una particular tendencia entre los hombres, cuando se presentan en gran número, es permitirse todo lo que les está prohibido individualmente. Estos privilegios de un Nosotros acrecentado casi producen hoy la impresión de que la creciente civilización y domesticación de la persona individual debe ser compensada con un proporcional aumento de la barbarización de las naciones, los estados y los grupos ideológicos”. Además, añade, “se manifiesta en ello un trastorno afectivo, un trastorno del equilibrio afectivo que precede, en el fondo, a la oposición entre Yo y el Nosotros, así como a toda valoración moral”.

Musil describe, por tanto, todos los elementos de la película en un párrafo. Ellos están en conflicto con la colectividad y por eso deciden ir en su contra, pero actúan en grupo, sin llegar a alcanzar su individualidad. Están actuando como idiotas y son idiotas: crean crueldad a partir de la crueldad que ven en el mundo, aunque no son capaces de verlo. Dicen que intentan ser felices, pero sus actitudes van en la línea de “destapar” la hipocresía reinante. Hay, además, la figura del cabecilla que les va dictando, casi siempre, lo que tienen que hacer. Si en algún momento su objetivo era regresar al estado “primigenio”, lo confunden con la reacción cruel que persiguen/denuncian/demuestran. Por una parte, quieren poner de manifiesto la tontería que reina en la clase media, pero también descubrir al idiota interno y dejarlo fluir para ser felices.

Lo que los idiotas desean y no entienden, en el fondo, es que los quieran como ellos son. Su primera estrategia no da resultado o acaba siendo absurda o como se dan cuenta (Stoffer) de que no tiene sentido pretender la felicidad a nivel grupal, el propio Stoffer decide que harán lo segundo: buscar su propia aceptación mostrando su idiota interior. También en esta segunda empresa fracasan, porque volvemos a encontrarnos con una misión impuesta por el líder.

Sin embargo, existe la figura de Karen, que es la única que no se une de manera directa a sus actuaciones en sociedad y que los mira con distancia y les pregunta por qué se burlan de la gente y por qué actúan como idiotas o gastan dinero en tonterías, si existen personas que realmente son deficientes o que no tienen dinero para comer. Como decíamos, Karen es el alter ego del espectador, que se siente interpelado: ¿aceptas tú a tu idiota interior?

Karen, finalmente, es la única que de verdad tienen un yo idiota interior, puro, infantil, original, que muestra en la última escena del filme, cuando vuelve a casa (es la única que va a casa por propia iniciativa) y que choca con la incomprensión y con la crueldad de su madre y hermanas, que le reprochan su actitud, y de su marido, que le pega una bofetada.

Ante una actitud o una persona estúpida (ya sabemos que la estupidez no es un concepto definible, solo existen manifestaciones de él), la razón y la lógica fallan y entran en escena el insulto o la violencia. Ante la falta de razón, nuestra reacción siempre es de desesperación, de falta de lógica, de embrollo, de oscuridad: la salida más común es actuar de la misma manera estúpida e ilógica, lo que provoca caer en nuestra propia estupidez.

Karen, a pesar de darse cuenta de que no puede volver con su familia porque no la entienden ni la aman, ha conseguido su objetivo: la han reconocido como un otro yo independiente, porque esa reacción de pánico del marido es contra un ajeno que no es capaz de asimilar. Esta reacción ha faltado durante toda la película: los ajentes externos se quedaban estupefactos y se iban o daban dinero, etcétera. El marido de Karen también está estupefacto, hay una ceguera ante la propia estupidez, porque al no haber vía de compresión, lo único que queda es la violencia: la respuesta irracional a la altura de lo que vemos. Acción y reacción son situaciones parejas, que actúan como un espejo: mundo irracional, idiota que pretende convivir con su idiota interior, reacción idiota-cruel de su marido.

Ante esa estupidez cándida (Karen), solo queda la crueldad de la familia (indiferencia, reproche, violencia) y el afecto de Susan, otro miembro del grupo, que actúa como familiar comprensivo. El viaje homérico de Karen es el del dolor, extrañamiento por el mundo, ampliación de puntos de vista gracias a los idiotas, adquisición de esos puntos de vista, regreso a casa habiendo conquistado ese yo originario, choque y abandono. Karen sabe que solo el estúpido alcanza la felicidad, porque es inconsciente, está apegado al flujo de la vida (deseo) y no le tiene miedo a la muerte. El sabio, el sujeto formado y adaptado socialmente, es el que le tiene miedo a la vida, a enfrentarse a ella. El necio, como cita Erasmo de Rotterdam hablando de Homero, solo conoce los hechos.

Por otra parte, la estupidez (estulticia) es lo único que nos iguala. Solo aceptando nuestra propia estupidez (nuestro yo) somos capaces de aceptar a los otros. Eso es lo que intentan los idiotas y contra lo que ellos mismos chocan. Intentando hacer ver a los demás su estupidez, se topan con la suya propia. Su propia incapacidad para entender a los demás, entender sus normativas sociales, su hipocresía, etcétera. Salvo Karen, el resto no llega a comprender que se merecen un insulto o un ataque violento por su actitud. Los idiotas intentan crear su propia sociedad de seres iguales, pero fracasan, porque Stoffer les va marcando el camino y porque la propia estructura de grupo no puede triunfar, igual que ellos fracasarían en una determinada sociedad, fuera de allí, al aceptar sus normas.

No existe tampoco individualidad absoluta: siguen un patrón, y aunque cada uno acepte un rol diferente, se puede intercambiar, jugar, etcétera. No se dan cuenta de que intentando demostrar la estupidez de la sociedad (ponerse en lugar más alto, ser más listos que el resto) no conseguirán alcanzar la felicidad. El proyecto se desmorona: eso se ve claramente con la llegada del padre de Josephine. No pueden hacer nada contra las normas de fuera. La reacción de locura de Jeppe es la única real. De hecho, el espectador tiene la impresión de que es lo único real que ha visto en toda la película: la locura (estulticia) es la reacción a un mundo que choca contra nosotros cuando hemos descubierto el amor.

Algunos le echan en cara a Stoffer no haber evitado la situación, no haberle plantado cara al padre: pero no puede hacerlo, ha fracasado, no puede enfrentarse a las normas sociales per se, no puede evitar que la intersubjetividad siga su curso y que el padre se lleve a su hija a casa. Tampoco puede proporcionarles la felicidad, porque cada uno de ellos debe encontrarla por sí mismo.

Además, ellos se cuidan unos a otros, se cuidan como debería hacer la sociedad. Hay un libro actual, Sociofobia (Capitán Swing, 2013) que habla de este asunto. Su autor, César Rendueles, apunta a que el capitalismo es absurdo: busca el beneficio individual, obviando el hecho de que podríamos ser mucho más ricos (también espiritualmente) si nos preocupáramos por que todos fueran felices. Un poco al estilo de Hegel: nadie va a ser libre, si todo el mundo no se libera de sus cadenas. Si la sociedad no se preocupa de que la propia sociedad sea feliz, nadie va a lograr serlo. Eso es poner a la intersubjetividad en primer término, como fin último del sujeto, lo que aquí nos viene bien, pero como hemos visto anteriormente, es pertinente superarlo. Ruendueles piensa que vivimos en una sociedad que acepta la contaminación, la exclusión, la violencia, como “males menores” y creemos que es algo que hay que aceptar porque el “capitalismo es el mejor de los mundos posibles”. La explicación es sencilla: tenemos miedo, vivimos en el auténtico pánico a construir algo nuevo: estamos más dispuesto a pagar por conservar lo que tenemos que a conseguir algo mejor, incluso gratis.

La crítica a la estupidez de manera colectiva, que se ve en las obras tanto de Erasmos de Rotterdam (Elogio de la locura) como de Paul Tabori (Historia de la estupidez humana) parece continuar en la actualidad. Porque la estupidez tiene algo de constitutivo, de permanente, algo que es insuperable, porque siempre pensamos que es un mal que sufren los otros, anula nuestra propia capacidad de juzgar y simplemente la obviamos o reaccionamos contra ella violentamente, sin superarla.

En la sociedad actual, dice Rendueles, solo nos acercamos a un intento de socializar si en él puede haber una satisfacción personal que seamos capaces de adquirir. De ahí el enorme éxito de Internet y las redes sociales. Nos da una falsa sensación de colectivo, de comprensión, de comunidad, cuando en realidad se traduce por una serie difusa de seres humanos cada vez más individualizados haciendo un ruido que nadie escucha y que únicamente molesta al pensamiento. Los líderes que dicen qué hay que escuchar y pensar siguen siendo los mismos. Además, Internet hace proliferar el tipo de “Fachidiot”, el idiota especializado que solo aporta su conocimiento o desconocimiento en una materia y se despreocupa del resto, algo que en una democracia no debería ser así: todos deberían estar al tanto de lo que ocurre en sociedad y poder formarse una opinión seria al respecto.

Aquí podríamos volver a pensar en la película. Rendueles da una serie de pautas que bien podrían considerarse soluciones al problema. La más interesante, desde mi punto de vista, es la que apunta al cuidado mutuo: Rendueles cree que en esta sociedad nos hemos olvidado del cuidado, de algo genuino y tan humano como las mayores atrocidades y las mayores estupideces (que viene a ser conscuencia y causa). Internet, y en general todas las nuevas tecnologías, nos dan una falsa sensación de conectividad y a la vez una sensación de libertad que aplaca esta necesidad de cuidar altruistamente de los demás: familia, niños, ancianos, vecinos, mascotas. Esto es lo que los idiotas hacen, superan esa “sociofobia” y se dan cariño los unos a los otros e incluso a los retrasados de verdad. Esta actitud los distancia de la sociedad, a la que no cuidan en conjunto, a la que repudian y sobre la que se sienten superiores. Por eso su actitud es falsa, está falseada, no funciona.

Erasmo de Rotterdam y Paul Tabori apuntan a una estupidez que es patológica, que se manifiesta como locura o enfermedad. Esto recuerda un poco a la fábula del rey desnudo, que se pone un traje aparentemente precioso, al menos así es como se lo han vendido: solo cuando una niña lo señala y dice que está desnudo se resuelve el nudo estúpido que se forma en torno a él. Es muy común que estupidez se confunda con locura o inadaptación. Da la impresión de que cualquier persona que no actúa como espera la sociedad sea susceptible de ser considerada loca o estúpida, que funcionan aquí como sinónimos. La falta de adaptación, el no saber cuándo callar o cuándo hablar, interrumpir una conversación, dar un argumento inválido, no saber de qué se habla e involucrarse en una charla, pasarse de listo, etcétera. Hay una larga lista de actitudes “estúpidas” frente a los demás, que no chocan directamente con la individualidad ajena, sino contra las normas sociales. Es un caso especial de estupidez, que no se refleja de manera directa ni en Erasmos ni en Tabori, pero a la que aluden Musil y Erdmann.

El sujeto que se encuentra frente a otros con los pantalones bajados cuando no debería (desnudez) es estúpido, pero también está tremendamente solo. Aceptar la propia estupidez es aceptar nuestro más indivisible y singular yo, que no puede ser compartido. Aceptar la estupidez íntima es saber de nuestra soledad. Por eso los protagonistas de Los idiotas tienen que irse a casa a intentar ser “aceptados”. Solo a través del cariño podemos aceptar el estúpido interno del otro y estetizar su actitud.

De hecho, el amor también es un síntoma de estupidez. Se dice que los enamorados están atontados o que alguien está “loco” por otra persona: los amantes han creado su propio mundo con circuitos internos de lógica, expresión de cariño, lenguaje, apodos… Desde fuera se ve como una situación extraña, blanco de burla. Pero en el fondo, todos quieren compartir un mundo así: ser capaces de construir una relación que sostenga unas bromas y una lógica interna propias, originales, armónicas. Su sublimación también tiene un efecto estético, que surge de la complicidad.

Volvamos a uno de los temas sin resolver que plantea la película. Katrin aparece en el trabajo de Axel, hace el idiota y este acaba desquiciado y la echa. Es el caso del estúpido que se lo hace. Se puede hacer uno el estúpido en determinadas situaciones. Musil habla del estudiante y el profesor, del sirviente y el amo, del niño y el padre. Está bien hacerse el idiota de vez en cuando para salvarte de una situación incómoda, pero si tu actitud es continuada, se te puede confundir efectivamente con un idiota. En la película se va más alla: la persona que usa recursos estúpidos de manera consciente para sacar de sus casillas a otra persona, que de antemano sabe que está frente a alguien que finge su estupidez. No hablamos del bufón de toda la historia de la literatura, el arquetipo: el personaje que dice las verdades delante de los demás, el único al que se le permite expresar su opinión y hace gracia porque aparece de manera cómica en situaciones solemnes. Creemos que es idiota porque actúa como tal de manera continuada, pero no lo es. Es el único que se ha desprendido de las normas sociales y ha alcanzado su yo.

No hablamos tampoco de esta actitud que tradicionalmente se ha confundido con “maldad”, un concepto que autores como Musil o Erdmann intenan desmontar. Todo acto de crueldad para con el otro es un acto de estupidez absoluta: falta de empatía, negación del otro, subordinación, abuso de poder, degeneración, maltrato… Es lo que Hannah Arendt expresa en su estudio de Eichmann en el juicio de Jerusalem: el nazismo es la mezcla de estupidez con subordinación a unas órdenes superiores. Estupidez como falta de conciencia.

Nos referimos esa persona que nos increpa, que nos saca de quicio en una conversación. Es una vuelta de tuerca más: estupidez originaria y crueldad son acción y reacción, ambas actitudes naturales del ser humano. Pero a la persona que se hace el idiota para sacarnos de quicio, para ser cruel con nosotros… ¿de dónde le viene su crueldad? En la película de Los idiotas parece que de la sociedad. Pero la diferencia es que los individuos en las que la revierten no se dan cuenta de que se encuentran ante “falsos” idiotas. Cuando sabemos que la otra persona no es idiota y nos increpa para desesperarnos dialécticamente y lo consigue, nos sentimos menos dueños de nosotros mismos y, a la vez, idiotas. Es lo que le pasa a Axel en la película y pienso que, aunque muy poco definida, esta línea es la más interesante de todas las que apunta la película.

Una posible explicación, para la que no me he basado en ningún autor, es la siguiente: el que se hace el idiota busca, en último término, el enfretamiento. El enfrentamiento es lo que lo legitima, solo a través de él puede darse cuenta de su propia individualidad. Cuando acabamos por desquiciar al otro lo que este está admitiendo es que somos un yo, un sujeto, diferente del resto. Es un acto mezquino y, desde nuestro punto de vista, también estúpido.

Por tanto y para cerrar con un pequeño resumen, la estupidez, como concepto, puede ser no una ausencia de razón, sino un estado originario de la conciencia que luego se ha ido ocultado bajo las capas de la sociabilidad y el decoro. La estupidez del individuo que aquí describimos, con respecto a la película, carece de esa estupidez primeginia, la construye artificialmente para sacar a la luz la actitud del otro. Fracasa porque no lo consigue: los otros adoptan una actitud distanciada, incluso cuidadora, hipócrita, etcétera. Su estupidez no es inocente ni muestra una individualidad absoluta: la persona que se hace la estúpida sabe de la vulnerabilidad del otro, de sus puntos débiles, de su individualidad.

Quizá su única salida, por tanto, sea buscar a su propio idiota interior en un entorno familiar, donde la reacción que se puede encontrar, como hemos visto, es o afecto o violencia. A pesar de no ser aceptado, el sujeto que busca su idiota interior es capaz de concebir su propia individualidad en el momento en que el otro muestra su rechazo con crueldad. Sabe que el otro ha chocado, por fin, contra su piedra central, su centro gravitatorio: al menos sabe que es una individualidad.

Bibliografía

Kauffman, Marta y Crane, David. 2003. Friends: 10×08: “The one with the late thanksgiving”.

Von Trier, Lars. 1998. Los idiotas: http://www.youtube.com/watch?v=VC-CU_Os73k

Definición de patético: http://definicion.de/patetico/

Musil, Robert y Erdmann, Johann Eduard. 2007. Sobre la estupidez. Madrid: Abada Editores.

Rotterdam, Erasmo de. Elogio de la locura. Edición digital.

Tabori, Paul. 1999. Historia de la estupidez humana. Buenos Aires: El Aleph.

Rendueles, César. 2013. Sociofobia. Barcelona: Capitán Swing.

http://prezi.com/luskgjbhbvey/los-idiotas-un-acercamiento-a-la-estupidez-como-estado-prim/#

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Acerca de Sara R. Gallardo

Periodista, escritora e investigadora. He publicado dos poemarios en España. También he sido docente en la Universidad Carlos III de Madrid los últimos cuatro años.

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